ENTREVISTAS

ESPECIAL REVISTA LA NOCHE LRT










                                            EL DESCONCIERTO N12



Jorge “Coco” González Lohse, artista plástico: 

“El arte también conlleva el fracaso, y el fracaso es una palabra insurrecta y pecaminosa respecto al sistema que estamos viviendo”

por Camilo Brodsky

Docente, editor y escribidor del arte chileno reciente, “Coco” González es sin embargo, y ante todo, pintor y generador de imágenes. En diálogo permanente con la visualidad de las calles y la cultura popular, hoy es fácil identificarlo como uno de los principales referentes de su generación, esa que inició su camino en el arte entre las protestas y el plebiscito del ’88.

Hay una constante en tu trabajo, estos ejercicios de realidad que siempre están operando en tu obra ¿Qué te mueve a hacer ese arte que dialoga con la realidad, aunque sea desde el delirio?
Entre sumas y restas, todavía tengo ciertas pretensiones románticas con el ser pintor. Me doy cuenta de que está pasado de moda, pero arraigarme en la realidad, en una realidad vernácula, bien cotidiana, que produce un corte emocional, es en mi caso como un diario de vida. Te voy a hablar de puras aprehensiones, porque no sé si es así. Me considero un artista fuera del sistema, aunque para otros soy un artista que está en el sistema, ¿me entiendes? Dentro de ese territorio, estos ejercicios de realidad que tú dices son una manera ingenua de confrontarme diariamente con la eterna pregunta de quién soy, de dónde vengo y a dónde voy. Pero en rigor quiero entender este ejercicio holográfico de la apariencia. Entonces todo este cuento medio cursi y barato de tratar de explicar esta realidad es porque también estoy con la disyuntiva de por qué te dedicas a pintar, y es indudable que una de las respuestas más ingenuas para eso es “porque quiero vivir de eso”. Y digo ingenuo porque son muy pocos los que pueden vivir del arte en Chile. Hay una fantasía respecto a eso, sobre todo en la gente más chica, sobre todo por las escuelas de arte, que se han convertido en un negocio.

Eso tiene que ver con la institucionalización de la cultura, pero también con la cultura y el arte tratados como mercancía, en este caso con el negocio de las escuelas de arte. ¿Qué ha pasado con eso en el mundo del arte?
En mi caso las imágenes van en íntima relación en explicarme a mi manera, con humor, con sarcasmo, crítica social, con absurdo también y hasta con cosas oníricas, este cuento de que te ves interpelado constantemente. Porque es una relación súper esquizofrénica ser artista y tratar de vivir bajo tus preceptos de lo que es ser artista. Para mí, por ejemplo, es vivir creativamente, tener un lugar con cosas que me guste ver, tener tiempo para hacer cosas que me interesan y cumplir también con ciertas normas sociales ―como ese ejercicio de la deuda a final de mes―, pero que no sea lo que más te atore, aunque te atore. Entonces cuando veo este asunto de todo lo que se arma frente al mercado y al negocio, lo encuentro insano, porque es como una escalera a la que le faltan huellas y contrahuellas. Tienes una base y personas que están en otro lado, y no sabes cómo llegaron ahí. Cuando te dedicas al arte es como una escalera sin baranda, es una imagen bien obvia del cuento, pero es así, te tienes que sacar la mierda constantemente, tanto en la obra como en el ejercicio del hacer y en la performance del vivir. Entonces cuando empiezan a evidenciarse las precariedades, nos llegan a todos. Si al final el arte también conlleva el fracaso, y el fracaso es una palabra insurrecta y pecaminosa con respecto al sistema que estamos viviendo. Y no es porque me quiera subir arriba de la crítica o arriba del sistema, sino que ya es una huevada obvia, que no te deja salida y que tienes que nombrarla de esa manera. O sea, tengo un problema con esto porque ser artista significa sobrevivir en este sistema, y yo quiero vivir. Y vivir significa tener más opciones.

Y también uno se pregunta cuál es el espacio de interacción para los artistas en este momento en Chile, dónde se produce el diálogo con la sociedad, el feedback con la gente.
Abiertamente, creo que tanto de parte de los artistas como de la sociedad hemos ido cerrando más y más canales. Hay un asunto de esa relación con la realidad que no está fluyendo. Incluso nosotros, respecto de los ’70, nos formamos como una generación más egoísta, donde te hiciste cargo de que te tenías que internacionalizar, tenías que hacer autogestión, tenías que moverte; fuera el trabajo colectivo o que involucrara a otras personas, si alguien no te convenía tú no lo tomabas en cuenta. Se perdió incluso cierta normalidad cívica del saludarse. Y eso pesa mucho.
Las 16 escuelas de arte hoy producen por lo menos 400 artistas al año, mínimo, que es un número bastante alto. Cuando yo estudiaba salíamos muy pocos de Arte de la Chile, la Catolica y el Arcis, entonces te reconocías más. Ahora, a pesar de que hay tantas redes, están tan tramadas que muy poca gente se conoce realmente. Yo he sido afortunado, pero me costó hacer ese ejercicio de sacarme ese resentimiento de los ‘80 de la Chile. Para mí en ese momento eran todos taquilleros, desde Balmes para abajo. Ahora uno, con la distancia, mirando esa ingenuidad que uno tenía, dice “pucha, no, son seres humanos que tienen una experiencia transmitible que es rica”, y eso se ha perdido, el encuentro de bares, de cafés, de conversar... yo lo echo de menos

Tu generación viene además con la mochila de lo que pasaba antes. Balmes, obviamente, pero también Bororo, Benmayor y todos los que coparon de alguna manera la escena en los ‘80s y ‘90s.
Y eso en pintura, porque entremedio está toda la pugna con la Escena de Avanzada, con la intelectualidad, que no es menor. También es especial ver eso, con el poder, contra el poder y desde el poder también. Lo que valoro del Sammy, de Bororo y de esa generación de los ‘80 es que a pesar de estar fuera estaban dentro también, y lograron sobrevivir porque lograron una resonancia magnética con el mercado, eran el mercado también.
Pero a mí me apasionan más otras cosas. Por ejemplo, yo tenía 15 años el ‘78 y hubo una exposición de Ricardo Yrarrázaval y Rodolfo Opazo en la Sala Matta. Ahí comprendí qué era lo que quería ser: pintor. Después tuve la suerte de conocer a Ricardo Yrarrázaval, y después tuve la mayor suerte de tener clases con Opazo, con quien de alguna forma reconozco esta cosa del maestro, y aunque muchos le pueden decir que es vendido, que se quedó en la época de la dictadura, creo que él hizo una tarea vital, que fue mantener el espíritu de la Universidad, de la Academia. Entonces también vengo de esa tradición, de lo que te contaban, pero con un canal directo, de primera fuente.

¿Qué ha pasado con la gente de tu generación en términos artísticos?
Hay un cuento con nuestra generación y la diáspora, porque hicimos diáspora y tratamos de sobrevivir de manera digna, tratando de guardar en lo más profundo de uno la idea de que alguien te iba a descubrir, que se iba a valorar tu trabajo, que te ibas a poder mover con lo tuyo. O sea, piensa que todos nosotros estamos llegando a los 50, y muchos tenemos esa ingenuidad, pero muchos de nosotros logramos también sobrevivir, pasamos de la tierra baldía del arte en Chile, que es de los 35 a los 50, porque ahí realmente si no la hiciste, no la vas a hacer nunca. Es donde todos queremos que los otros naufraguen, porque es un territorio donde si a los 35 años no la hiciste eres un loser; entonces, ¿qué significa ser winner en eso, en una escena que se mueve con esos parámetros? Y ahí te das cuenta de que el único y verdadero truco ya no es tener éxito, sino que es no deprimirte, mantener el espíritu.

Así como has ido abriendo flancos en otros espacios partir de tu práctica como pintor ―como la docencia, el tema editorial, etc.―, también eres muy bueno para trabajar en distintos formatos. ¿Es una decisión proyectiva, donde sabes aproximadamente dónde vas, o es más bien una búsqueda que dejas abierta?
Te puedo responder y explicar, de dos formas súper claras, no antagónicas, pero bien normadas. Una, hay un tipo de artista que es proyectual, que elaboran un sistema que va más ligado al rigor científico; y hay otros como yo que somos más vitalistas, para los cuales los elementos de la obra son más inconscientes, están más dentro tuyo que fuera, y la obra misma va haciendo una suerte de diálogo o disputa que te va pidiendo cosas. Yo sé que a un artista proyectual también le pasan esas cosas. No estoy diciendo que sean máquinas, que uno sea más sensitivo y otro más teórico; son cosas que van mezcladas, pero hay ciertos sentidos al interior de la misma obra que yo no los proyecto, que se van elaborando y desplazando hacia otras cosas: el objeto, la pintura, la instalación. Porque también pienso que la pintura es un sistema de comprensión de la historia del arte, y me permite entender qué pasa con Duchamp, qué pasa con la performance, qué pasa con el cine.

Y sin embargo siempre vuelves al soporte cuadro, al soporte tela.
Como te digo, hay una cuestión de formación, de haber pasado por una escuela de Arte, donde todavía es fuerte ese asunto, y la cuestión del bastidor y la pintura es un tema. Cuando me preguntabas cómo había hecho este camino al principio, y yo te decía que era como un registro de vida, un registro de paso, te decía que siempre he sentido que las pinturas eran como viñetas de comic, que cuentan una historia, y trato de dejar un puente emocional para que otro la pueda leer, que no sea sólo yo. Cuando veo una obra quiero que el otro la sienta viva, que tenga múltiples canales de lectura, que te perturbe. No digo que te guste, que te perturbe. Yo sé que mis obras tienen algo. Por ejemplo, se me viene una paleta de color; yo debería ser un pintor más restringido, por la época en que me formé, pero mi paleta es tripeada, como si tuviera ascendentes mayas y que algo del ADN y del sicotrópico se me quedó pegado. Me pasó en México, ves las pinturas mayas y eran lo que yo veía en mis sueños, antes de haber probado cualquier cosa.

¿Va para algún lado el arte chileno?

Lo que pasa es que todos queremos empujar este carro para que vaya a algún lado, tenemos esta demencia senil heredada del progreso, tanto de lo azul como de lo rojo. A mí me encantaría que fuera un arte más inclusivo, más participativo, porque eso va a derivar en cultura, y el arte es parte de ella, y así va a ser un compañero. Creo que tienen que abrirse más canales participativos en todo nivel, en lo comercial, en lo investigativo, en lo político. Siento que mientras más recuperemos el aparataje cívico que va en la palabra, en la imagen, en el convivir, en el saber vivir, vamos a poder decir que hay arte chileno. Hasta ahora hay arte hecho en Chile.


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DIÁLOGOS
COCO GONZÁLEZ: “COMO ARTISTA B, NADIE
TE VA A LLAMAR: TÚ TIENES QUE LLAMARTE”
POR ALEJANDRA VILLASMIL


Para Jorge González Lohse, el 2010 fue un super buen año. Como un “gestor de preguntas de arte”, impulsó una serie de proyectos que rescatan la identidad chilena de manera seriamente lúdica. Una suerte de misionero, de mendicante indio, “el Coco” fue armando cuentos y redes por puro amor al arte, tanto en Santiago como en Concepción. Conversamos en su casa –llena de cachureos y cositas bonitas-, donde nos habló de ese trabajo colectivo nacido del deseo. Dice ser un pintor clase B, pero para Artishock se lleva nuestra primera letra.

El 2010 fue un año muy activo. Gestionaste un montón de cosas…
Fue un super buen año. Ha sido uno de los años más potentes que creo recordar, tanto por lo bueno como por lo malo.

Cierto. Tuvimos el terremoto, el rescate de los mineros…
Como decía la portada de La Cuarta: “No se puede decir que este año no fue cuático”. Los mineros, qué bueno que salieron, y el terremoto, se de qué se trata porque lo veo todas las semanas cuando viajo a Concepción. El primer año de gobierno de Piñera lo he vivido como que no es verdad, como que es un gobierno de derecha, que toma decisiones de derecha que a veces me asombran, trato de entenderlas, y estoy en eso. No entiendo, por ejemplo, que hayan echado al staff del Consejo de la Cultura y las Artes, y que hayan desarticulado áreas como la de fotografía, que han sido super capitales. Eso me hace pensar en qué es lo productivo y qué no. Y para mi el 2010 fue un año super productivo. Entendí que el arte tiene sus propios códigos que no necesariamente son los del mercado. Uno a veces no quiere hacer cosas gratis, por amor al arte, pero te das cuenta que esas son las cosas que mueven la historia. Es resituar un bien de otra manera.

Si, todos los proyectos que has gestionado se han movido por un profundo amor al arte. Tu motivación es casi animal…
Me pillas leyendo a (Guillermo) Kuitca. El tiene una pintura que se titula Ya descansaré cuando me muera. Yo viví los 80, y cuando eso nunca tuve coraje –ni lo tengo ahora-, tenía mucha timidez. Los 80 tenían una particularidad que era que tu podías estar o no estar, pero participar. No había esa presión del exitismo. Yo me veo en el tiempo, me veo en esa foto, y no me veo. Soy bien apátrida, bien lobo estepario, aunque te parezca raro. Mis amigos son tres o cuatro, y mi familia es Andrea y la Mila. Veo mucha gente, funciono en los colectivos, desde los colectivos y con los colectivos, pero es una situación formal y más pensada como una situación cívica que como una situación emocional.

¿Por qué cívica? ¿Porque el artista debe tener una función social?
No creo que el arte nos redima ni haga cambiar la sociedad. Con suerte te puedo hacer pensar cosas respecto a la sociedad. Pero el derecho cívico es un derecho que perdimos toda mi generación durante la dictadura. A mi me ha costado 40 años entenderlo. Estoy en la mitad de mi vida –o un poco más- y no quiero perder la otra mitad viendo qué puedo hacer o quién me puede descubrir. Sigo teniendo esas mismas intenciones y esas mismas ganas y esa misma ingenuidad, pero no estoy trabajando tanto ahora en el taller porque me aburro. Esas preguntas que te genera la pintura -que en el fondo es lo que soy, porque lo que más soy es pintor- no me las respondía la misma pintura: por mi capacidad formal, por mi capacidad intelectual, por lo que tú quieras. Entendí que no quería hacer un refrito de lo que estaba haciendo. También entendí que era un buen pintor comercial, aunque paradójicamente no vendía tanto en Chile como vendía afuera.

Es que no hay un mercado en Chile…
Obvio, pero en rigor, entendí que si era pintor comercial daba lo mismo si estaba en mi taller pintando mis obras, porque al final no tenía plata para pagar mis cuentas. Cuando me di cuenta de eso, me di este permiso, como dices tú, salvaje, de querer hacer todo lo que me preguntaba. La gente se confunde porque dice que soy un gestor. Claro, soy un gestor cultural, pero haciendo una gestión de preguntas de arte, no de preguntas de negocios. Todo lo que he hecho en cuanto a proyectos tiene que ver con cosas que yo me pregunto en la pintura: la ciudad, la idiosincracia, la pertenencia, los lenguajes vernaculares. No hay nada que no esté hilvanado con el ejercicio de taller, que en este caso es un ejercicio de mesa o de libro o de caminar. Todo el día es un día de arte.

Cuenta cómo surgieron cada uno de los proyectos y en qué consisten…
Lo que tú deseas se hace. Hay que aprender a desear. Hay que desear con mucho tesón, porque las cosas se cumplen, a pesar de que estás en un ambiente tan restringido como el chileno. La gente que lo ve desde afuera no entiende cómo hago las cosas. Buscan otras explicaciones –a quién tengo de pareja, a quién me estoy tirando o si soy gay- para un hecho tan simple como “deseo hacer esto”. Cuando hicimos Cambio de Aceite todo mundo se nos vino encima. Queríamos hacer una exposición que no tenía mucha intelectualidad, pero tenía deseo. Soy super deudor con Cambio de Aceite. Por eso la matriz de Revisión Técnica fueron los 40 artistas de Cambio de Aceite, más otros 60 sacados de un total de 180 talleres que visité.

¿Hay artistas que te han manifestado resentimiento por no estar incluidos en Revisión Técnica?Yo no tengo el cuero muy duro. Me he tenido que preparar para eso. Yo tenía claro que eran cien (artistas) por cuestiones de marketing. Cien es un número cabalístico y tienes que usarlo. Y en un proyecto que abarca de 1980 a 2010, claro que hay gente que queda afuera, claro que hay gente que se enoja, pero eso es parte de nuestra forma de ser. Todavía en Chile tenemos esta concepción plana del universo. Además yo pensé en un libro hecho para que lo destruyeran, porque es un libro de trabajo y los libros de trabajo son para eso, para que te vayas en contra. Ahora, tiene ciertas particularidades, y es que lo editó una persona, no una institución. Pero volviendo a tu pregunta anterior, con el tiempo he aprendido a cerrar ciclos. Hay que tener la suficiente paciencia para cosechar de un ciclo. Algo que nos pasa a todos los artistas es que somos muy ansiosos.

Si, queremos ver resultados inmediatos…
Claro. Con los proyectos me dí cuenta de que cuando los tratábamos de difundir, ya la energía te la habías gastado. Había que idear un sistema en el que esa energía se gastara antes, a pesar de que no existiera un proyecto. Entonces nos asesoramos con una persona sobre cómo trabajar y difundir en Internet. También creamos estos nombres (Industria Masticable, Manufacturas Pencopolitanas, Chucherías Factory) que son lo suficientemente estúpidos como para que la gente los recuerde. Y así surgió Industria Masticable, que integra lo editorial, un laboratorio social y pedagogía. Al poco tiempo de tenerlo en la red, lo vió Pato Muñoz Zárate, que digire y cura el proyecto Museo sin Muros (espacios del Museo Nacional de Bellas Artes en malls de Santiago y Concepción). Así empezamos a viajar a Conce. Industria cumplió con los objetivos: un proyecto que no existía, que se mostró un par de veces en el año, que creó una red de 5.000 amigos en Facebook y que aplicó contenidos a esa red. En el camino también aprendí cómo se falla en el trabajo colectivo. Es super complicado llenar las expectativas de todos. En Industria, por ejemplo, aplicamos el concepto empresarial de liderazgo transversal, al que no estamos muy acostumbrados en Chile. Funcionó a ratos. Paralelo a eso, Fernando Melo, un amigo fotógrafo de Concepción, me invitó a dar clases allá. Asi que comencé a viajar, a conocer a la gente que hace performance y la realidad de las poblaciones. Oscar Concha y Leslie Fernández me recibieron en su casa y me abrieron las puertas a Animita y otros proyectos que se desarrollan allá. Manufacturas Pencopolitanas nació para darle una vitrina a los chicos del taller de producción. Al final se creó una plataforma que tiene que ver con la generosidad.

¿Qué fue lo que más aprendiste de tu experiencia en Conce?
Me sorprendió cómo en un medio tan restringido estas personas fueron capaces de armar sistemas brillantes, sistemas que en Santiago, por problemas de escala, han ido perdiendo brillantez. Pero, paradójicamente, a pesar de que Concepción está ahi para ser tomado, no es muy tomado. Son muy pocos, unas cinco o seis personas, los que se toman Concepción. Hay una escuela de arte, hay harta gente haciendo diseño, pero el escenario está más dominado por la música que por las artes visuales. Desde Concepción, tienes ene cosas que preguntarte.

¿Igual que otros proyectos, Manufacturas Pencopolitanas también cerró su ciclo?
Yo terminé de dar clases en Conce y los chicos son dueños de hacer lo que quieran con Manufacturas. Es un regalo de mi parte hacia ellos, y lo hemos trabajado en conjunto. Este año ya no vuelvo a Concepción.

Eres como una especie de misionero…Es un problema emocional. Cuando empiezas a vivir en un lugar, empieza la cotidianidad, y esa cotidianidad me afecta profundamente. Yo me fui a Concepción enamorado, pasaron cosas buenas y malas, y ahora me he vuelto a enamorar. Es que me pasa. Para mi Revisión Técnica es un proyecto que fue, y ya no me importa que pase con él. Ahora estoy en otras cosas.

Una es Chucherías Factory…Este proyecto no nació de forma espontánea, sino que lo planteé cuando hicimos Inoxidable; había quedado en el aire. Por esas cosas de la vida, me tocó dar un curso de gestión en la (Universidad) Uniacc para la carrera de diseño, que yo llamo de gestión emocional, porque si bien había gestión dura, de levantamiento de recursos y cartas Gantt, yo infectaba a los chicos y los llevaba al territorio del hacer. Esto me tocó hacerlo por cinco años. Al tercer año, les planteo este proyecto de merchandising. Se unieron varias personas y ahi surgió Chucherías, que tiene que ver con consumo cultural –un término raro-, y el turismo objetual, que hace referencia a lo vernacular, el territorio y la pertenencia. En la línea de merchandising lo que hacemos básicamente es recorrer los barrios de Santiago, digitalizarlos y elaborar productos o comprar productos de ahi para que la gente conozca esos barrios. El merchandising es para mi una pieza creativa subvalorada en Chile.

¿Cómo se han financiado los proyectos?
Con Inoxidable quedé super endeudado. Pero con Industria nos planteamos un presupuesto y con eso trabajamos. También levantamos recursos del mismo proyecto para crear una caja chica y pagar cosas como viáticos. Cuando salí de la U, sabía que no tenía redes, era tímido, era feo, tenía ene cosas en mi cabeza y en mi emoción que me dolían. Sabía que, a pesar de que quería seguir dedicado al arte, iba ser muy complicado. Por eso creé sistemas para sobrevivir dentro del arte. Así surgieron los trabajos colectivos. Ahora, viendo todo esto que hacemos, la gente puede decir que el Coco es un buen pintor pero se está perdiendo, pero yo más bien creo que me he reencontrado.

¿Te estás perdiendo porque no estás pintando?
Claro, porque hacer la carrera es hacer tu pintura. Ahora, no se si cuando vuelva a pintar haga nuevamente refritos. Probablemente si. Al final el ojo no es tan vírgen y te cuesta pensar en una visualidad nueva. Creo que si me pones en cualquier lado, en cualquier ciudad, voy a seguir haciendo lo mismo. Yo tengo claro que soy un artista que no importo mucho. Soy un artista B, y no tengo ningún tapujo en decirlo, a pesar de que internamente me encantaría brillar, me encantaría que me pasaran cosas de rock star o de la tele. Pero no quiero seguir pensando en esa cosa de “quizás si”. Si viene, viene. Como artista B, nadie te va a llamar: tú tienes que llamarte. Do it yourself; hazte tú mismo; fabrícate tú mismo. Sé que por lo que pinto, por el sistema que tengo, no me van a llamar a una gran exposición. Es muy raro. Me sorprendió mucho que la Sole García me invitara a Chilensis. Se nota que no ha estado viviendo en Chile por mucho rato, porque no tiene las mañas de las afiliaciones de poder.

¿No será que uno, como artista, tiene que fabricarse a si mismo, justamente por esto de los clubcitos?
Si, pero yo me siento super outsider. Como te decía, soy de pocos amigos, a pesar de mi trabajo colectivo. A mi me cuesta ene relacionarme en ese plano con el mundo del arte. Yo me relaciono a nivel de amistad, de cariño, de aprender, pero no me relaciono a nivel de poder, porque yo mismo en mi fuero interno soy medio malo, tramo cosas. Entonces, cuando me descubrí en esa instancia, de que me gustaba el poder, opté por ser diferente. Y por eso también está cosa de entrar y salir, de no dejar mucho tiempo para que la gente te conozca.

Has optado por el anonimato…
Si, muy bajo perfil, a pesar de que tengo una nariz grande... jajaja

La gente se preguntaba siempre quién era Industria, quién está detrás de Manufacturas…
Si, pero yo se qué saco de los proyectos. No creas que hay un ejercicio de ingenuidad. A lo mejor un delirio de poco crecimiento emocional, pero no ingenuidad. Son formas de hacer contactos, a mi manera. Yo siempre me he visto como el mendicante indio, que no sube la montaña como el occidental sino que va rodeándola, y cada tres pasos pone una piedra, y pasa su vida en eso. Soy de largo aliento.

¿Qué se viene este año?
Como producto de Revisión Técnica, me he reencontrado con todos estos héroes de la era ochentera, con los que estamos organizando dos proyectos bonitos que me tienen super entusiasmado. Uno, es exponer con Waldo Gómez, Julia San Martín y Lucho Valdivieso, no se si en Gasco o en la Católica, y otro es un proyecto que se llama La Ruta Trasnochada, con el Araya y el Mauro Jofré. Eso es para el 2013. Habrá pinturas, colaboraciones en video, graffiti, publicaciones, registro de teatro y performance de los 80, y un bar, que lo vamos a atender nosotros mismos de 17 a 19 horas. Por otro lado está el proyecto de vida. Andrea quiere seguir estudiando y probablemente nos vayamos fuera de Chile una buena cantidad de años.







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